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Por Solangel Ochoa
Javier Lamarque apareció como puntero en una encuesta rumbo a la gubernatura de Sonora en 2027. Dice que no está en campaña, que está concentrado en trabajar por Cajeme, que no tiene tiempo de andar recorriendo el estado como otros compañeros. Pero la encuesta, qué curioso, llegó directo desde su equipo de comunicación con la leyenda: “Compartámosla por favor. Nueva encuesta.”
Y así, mientras Lorenia Valles y Heriberto Aguilar se desgastan haciendo presencia en cada rincón del estado, él se da el lujo de subir en las preferencias sin moverse del escritorio. Desde ahí —y solo desde ahí— asegura que no busca, pero si lo encuentran, pues qué halago.
A eso se le llama administrar los tiempos… y las apariencias.
No es la primera vez que un político jura estar concentrado en su responsabilidad actual mientras su estructura promueve encuestas, alimenta la percepción y lanza dardos a sus propios compañeros de movimiento. Pero hay que reconocerle estilo: cuando lanza indirectas, lo hace con tono institucional. Dice que no puede recorrer el estado “como otros compañeros”, y con eso le basta para sembrar la idea de que mientras él trabaja, ellos andan de gira.
Quizá lo que lo catapultó a la conversación fue su última gran obra: un bebedero.
Una política pública tan trascendental que mereció moño, cobertura, foto oficial… y probablemente un acto protocolario más costoso que el propio dispensador. Que se cuide Rodolfo Castro… no vaya siendo que hasta la delegación de Conagua le ganen.
En política, ya lo sabemos, las encuestas no se publican por accidente. Se pagan, se difunden y se mueven para marcar territorio. Y aunque luego se intente justificar su difusión diciendo que son parte del golpeteo, cuesta trabajo creer que Lamarque se sienta víctima de un ataque… cuando su propio equipo la promueve con entusiasmo.
Todos quisiéramos adversarios así.

Durazo quiere reglas claras y menos chisme…
Y todo esto —encuestas, silencios estratégicos, campañas sin nombre— ocurre justo en la antesala del Consejo Nacional de Morena, convocado para este domingo 4 de mayo. Una reunión que, en palabras de Alfonso Durazo, presidente del Consejo y gobernador de Sonora, busca nada menos que ordenar la casa.
El objetivo, dijo, es garantizar que Morena se mantenga fiel a sus principios fundacionales: honestidad, compromiso social, austeridad y —cito— “más territorio y menos escritorio”. Irónico, considerando que algunos aspirantes parecen estar creciendo políticamente justo desde el escritorio… y no desde la calle.
Durazo fue más allá: llamó a dejar atrás la política “del chisme y la intriga”, esa que divide, confronta y desgasta. No sé si a alguien por aquí le quede el saco, pero si algo es claro, es que el ejemplo se pone en casa. Y en este caso, la casa se llama Sonora.
Ahí donde el gobernador preside el Consejo y donde algunos de sus subalternos ya empiezan a jugar adelantado. Quizá va siendo hora de que también ellos se cuadren.
Desde Huatabampo, hay quienes juran que ganaron solitos… y ahora ni Morena les queda.
Y ya que andamos hablando de alcaldes de la 4T y del sur del estado, no se puede cerrar sin mencionar al Beto Vázquez, de Huatabampo. Resulta que ahora que Morena busca poner orden en casa —y ese orden incluye evitar la reelección y cortar de raíz el nepotismo rumbo a 2027—, algunos aliados comenzaron a renegar del partido.
Vaya realidad alterna la de ciertos cuadros: ahora juran que si ganaron no fue por Morena, sino por su “marca propia”… o en este caso, por el PT.
Nos reportan que el alcalde anda sobradísimo, convencido de que llegó por méritos individuales y no por el impulso de un movimiento que —les guste o no— también cargó con ellos. Les digo, hay quien se subió al tren de Morena… y ahora jura que iba manejando.
Nos leemos en la próxima…


































