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Por Solangel Ochoa
Hay críticas que se desvanecen apenas se pronuncian. Otras, en cambio, se quedan resonando. No por su contenido, sino por su procedencia. Es lo que pasó hace unas semanas cuando la senadora Andrea Chávez fue señalada por realizar actos anticipados de campaña. Desde la oposición —particularmente desde el PAN— le llovieron críticas. Y ella respondió con desdén, con suficiencia. Como si nada pudiera tocarla.
Y quizá, en ese momento, así era. Porque en esta etapa de la política mexicana, la oposición ha perdido capacidad de influencia real. Las palabras que vienen de fuera ya no tienen efecto. Pero todo cambió cuando no fue un panista quien alzó la voz, sino la presidenta de la República. No fue un regaño externo. Fue una instrucción interna.
Claudia Sheinbaum dijo que enviaría una carta a la dirigencia nacional de Morena para que haya reglas claras en torno a las aspiraciones internas. Piso parejo, congruencia y límites. Bastó ese mensaje para que, entonces sí, Andrea Chávez se alineara. Las formas cambiaron. La burla desapareció.
Esa escena revela mucho: en Morena, los límites no van a venir desde la oposición. Tendrán que surgir desde dentro. Y no de cualquiera. Solo quienes tienen legitimidad, liderazgo y autoridad dentro del movimiento pueden ponerle freno a los excesos. Por eso no es menor que haya sido Claudia —y no una diputada panista— quien lograra el efecto.
Pero este episodio es apenas una pincelada de algo más grande. Morena, como cualquier partido que alcanza el poder, está ante una encrucijada: conservar su esencia o sucumbir a los vicios que tanto criticó. Lo que le pasó al PRD es una advertencia viva.
En 1989, el PRD nació como la gran esperanza de la izquierda mexicana. Encarnaba las luchas sociales, la resistencia al salinato, las causas agrarias, sindicales, feministas, indigenistas. Fue casa de líderes admirables y también escenario de persecuciones y sacrificios.
Pero con el tiempo, esa esperanza se fue desdibujando. El editorial titulado Réquiem del PRD, publicado por La Jornada y compartido el año pasado por Alfonso Durazo —gobernador de Sonora y presidente del Consejo Nacional de Morena— hace un recuento doloroso de esa trayectoria. La paradoja fatal del PRD fue no poder extirpar de sí mismo las prácticas contra las que se fundó. Cacicazgos, corrupción, alianzas con el poder que antes combatía, hasta terminar integrando el Pacto por México junto al PRI y al PAN.
El mismo partido que representó una alternativa al régimen terminó asumiendo sus formas más oscuras. Y en 2024, perdió su registro nacional.
Durazo compartió ese editorial no como un gesto nostálgico, sino como una advertencia: esto no le puede pasar a Morena. Lo dijo entonces. Pero hoy, esa advertencia cobra una vigencia punzante.
Porque las señales están ahí. Las tensiones internas, los desplantes de soberbia, los excesos de poder que no siempre son sancionados. Todo esto ocurre mientras se acerca una elección clave: el próximo 1 de junio, México vivirá un proceso inédito. La elección extraordinaria al Poder Judicial será la primera en la que no esté Andrés Manuel López Obrador en la boleta. Y eso plantea una pregunta ineludible: ¿a quién le pertenecen ahora los votos de Morena?
La marca sigue, pero la mística ya no es la misma. Y sin AMLO en campaña, la movilización y el respaldo ciudadano serán responsabilidad del partido. No del líder. Ese terreno es fértil para disputas internas, para que los distintos grupos de poder dentro del movimiento se jueguen el futuro. Lo que está en disputa no es solo la elección judicial, sino la estructura misma del partido en los próximos años.
La historia es cíclica. Así como el PRD nació en 1989 como una ruptura crítica del PRI, Morena —tarde o temprano— enfrentará su propio desprendimiento. Una corriente que reclame volver a los principios fundacionales: no mentir, no robar, no traicionar. Porque si algo enseña la historia reciente es que los partidos no se derrumban por culpa de sus adversarios… sino por traicionarse a sí mismos.
La pregunta es si Morena sabrá escucharse antes de que sea demasiado tarde.
Zoom político
El próximo 4 de mayo sesionará el Consejo Nacional de Morena, convocado por Alfonso Durazo, presidente del órgano y una de las voces con más peso en el movimiento. El objetivo: establecer reglas claras y erradicar el nepotismo rumbo a 2027.
Ayer, la presidenta del partido, Luisa María Alcalde, lo anunció como una sesión histórica donde participaran más de 300 consejeros de todo el país. Y lo es. No solo por los temas que se discutirán, sino por lo que representa: es la confirmación de que los límites solo son válidos cuando se dicen en casa. Claudia puso la primera línea. Durazo traza la segunda. Y lo que está en juego no es solo 2027. Es la capacidad del movimiento de recordar por qué nació.
Porque en política, los límites no se trazan… se cruzan.

































