El onceavo Congreso Estatal de Morena fue una radiografía política interesante. Ahí se hizo evidente algo que muchas veces se da por sentado: el liderazgo dentro del partido no siempre coincide con el poder que otorga un cargo en el gobierno.
Aunque al evento asistieron muchos integrantes del gabinete estatal, no todos fueron protagonistas. Estaban ahí, sí, como parte del músculo institucional, pero no necesariamente como líderes del movimiento. La diferencia es clara: hay quienes llegaron al poder por decisión del Ejecutivo, pero no por una trayectoria dentro del partido ni por un vínculo con las bases.
En cambio, otras figuras destacaron con fuerza. El senador Heriberto Aguilar, por ejemplo, mostró un liderazgo firme, respaldado por años de militancia. Lo mismo Adolfo Salazar, quien fue recibido con afecto y reconocimiento genuino. No necesitó presentación: su historia dentro del movimiento lo precede. David Mendoza, presidente del Consejo Estatal, también tuvo una presencia destacada y cercana a las bases. Lo mismo Javier Lamarque, actual alcalde de Cajeme y ex presidente estatal de Morena, cuyo liderazgo sigue siendo reconocido dentro del partido.
Una grata sorpresa fue Judith Armenta. La actual presidenta estatal de Morena generó gran entusiasmo. Muchos buscaban tomarse una foto con ella, saludarla, acercarse. Ese tipo de gestos no se improvisan: reflejan conexión, cercanía, legitimidad.
Y es que el liderazgo no se decreta ni se nombra: se construye. Puede que alguien tenga un cargo de alto nivel, pero eso no garantiza que tenga ascendencia política en el movimiento.
Dicho eso, es justo reconocer que también hay nuevos liderazgos jóvenes (la mayoría de ellos identificados como duracistas) que están emergiendo desde el poder gubernamental. Son perfiles que no vienen de la militancia tradicional, pero que han encontrado en el respaldo del gobernador una plataforma para proyectarse. Muchos de ellos se ven a sí mismos como una nueva generación dentro del movimiento, una especie de amalgama entre los bolinistas fundadores y la nueva ola de funcionarios formados en el actual sexenio.
No se trata de descalificar a nadie, sino de comprender el mapa completo: el liderazgo partidario y el liderazgo de gobierno son dos planos distintos. Y entender esa diferencia no solo es justo, también es necesario para leer correctamente los tiempos que vienen.
En Morena, donde las decisiones se disputan entre lo institucional y lo orgánico, esa distinción no es menor.
El propio gobernador Alfonso Durazo lo dijo con claridad: “La lealtad está a prueba”. No se refería a una lealtad personal, sino a una más profunda: la lealtad al movimiento, a sus principios, y a la causa que les dio origen. En tiempos de definiciones, esa será – sin duda – la prueba más difícil.
Les mando un saludo, solecitos. Nos seguimos leyendo en otros espacios. Los comentarios son bienvenidos.
































